Me gustan las pelis de cárceles, lo que en el argot se denomina drama carcelario, quizás junto al cine bélico y los films de mafia los que más interés me despiertan. No vi Prison Break, llegué tarde, cuando me di cuenta no había comenzado a verla y todo el mundo ya hablaba de ella, se había puesto tan de moda que perdí en interés en verla, lo mismo me ocurrió con Perdidos, que tanta saliva hizo gastar en los desayunos de trabajo durante sus incontables temporadas. No me ocurrió lo mismo con Orange is the new black, la serie que presentamos hoy, una serie no pensada para la gran masa porque no tiene las intrigas enrevesadas que te obligan a querer ver el siguiente capítulo nada más acabar el presente, ese síndrome de Estocolmo con el que nos martirizan algunas series a la vez que nos atrapan, y tampoco tiene tras de sí la maquinaria del marketing de otros proyectos de más éxito.
A pesar de que la historia en Orange is the new black tiene lugar en una prisión, las pinceladas más propias de la comedia que del drama la alejan de los grandes relatos dramáticos contados en esas películas tan mi agrado que anteriormente he comentado, como son el caso de las producciones americanas del tipo Brubaker, Cadena perpetua, La leyenda del indomable, La milla verde, El expreso de medianoche o Fuga de Alcatraz, sin olvidar títulos como la brasileña Carandiru, la irlandesa En el nombre del padre, la argentina Crónica de una fuga o la española Celda 211. Casi todas ellas compartiendo el nexo común de estar si no basadas, al menos sí inspiradas en hechos reales, algo que ocurre con Orange is the new black que se basa en el libro autobiográfico de Piper Kerman: Orange is the New Black: Crónica de mi año en una prisión federal de mujeres, en el que la autora describe sus vivencias durante el tiempo de reclusión que tuvo que cumplir en una prisión norteamericana.